Calladita estás más guapa

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Ahora voy yo y digo que la forma en que nos comunicamos es violenta y casi seguro que viene alguien a decirme que no sea exagerada o histérica, paradójicamente dándome así la razón. Sexismos aparte, que hoy no quiero hablar de eso.

“Los niños hablan cuando mean las gallinas” decía mi abuelo, que venía a decir que los niños no hablan nunca y, aunque hemos mejorado bastante, todavía se sigue usando el silencio para controlar a otros, no sólo retirando la palabra para retirar el reconocimiento, sino también imponiendo la orden (o el consejo) de permanecer callado. “Calladita estás más guapa”,  “¡A callar!” o un mucho más sutil “Qué tontería, no seas pesada”.

La gente aprende a callarse desde bien pequeña. Muchos de ellos incluso desde la cuna. La gente aprende a callarse porque hablar no sirve de nada. La gente incluso calla por miedo. Y los hay que quieren imponer el silencio porque no se atreven a soltar sus prejuicios. Me gustas cuando callas, porque estás como ausente, o me molestas menos.

Llevo tiempo reflexionando sobre ello. Muchas veces parece que denunciar injusticias puede, según el criterio de aquellos que temen las palabras, convertirte en un creador de alarma social o peor, en un quejica que se hace la víctima. Lo tenemos tan interiorizado que, en última instancia estamos invocando al silencio incluso  “por nuestro bien” en una violencia invisible desastrosa para toda la sociedad.

En la era de las redes sociales “es que si hablas de él le das publicidad, que es lo que quiere”, decían estos días. Y una piensa “¿y qué?, pero es que si no hablo se va de rositas” (*)

Las palabras hieren, los silencios matan.

Vivo en un país corrupto en el que, hasta hace poco, nadie se quejaba. Reclamar, exigir, pedir cuentas es nuestro derecho, no sólo como personas, como ciudadanos. La prohibición de hablar es el arma más poderosa de todos los regímenes totalitarios. La autoimposición del silencio además es la más barata. La indefensión aprendida es nuestra condena.

Esto es lo que aprende un niño al que no se atiende el llanto. Esto es lo que aprende un niño al que se le manda callar. Esto es lo que aprende la gente a la que se le impone el silencio, bien con amenazas, bien con el desprecio, incluso con consejos bienintencionados.

Hablo, luego existo. Los seres humanos somos porque hablamos. Negar el derecho a la palabra es violento. Y cuando es intencionado y reiterativo es un signo de maltrato. 

La gente tiene que saber que hablar sirve, que es nuestro derecho y también nuestro deber y que es la primera forma de ejercer nuestro poder.

Hablando alto y claro estamos más guapos.

 


 

 

* Tras la respuesta de IHAN,  la Comisión de Lactancia Materna del Hospital General del Castellón y la Asociación Española de Pediatría, el Hospital General de Castellón se desmarcó ayer de las tesis del “pediatra antiteta”. Tal vez sea famoso, pero ha quedado desacreditado. Y quejarse sirve, claro que sí. Felicidades a todas esas te-talibanas. 

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Si quieres saber más sobre comunicación y violencia puedes informarte sobre el Coaching de Comunicación Respetuosa de Infancias Libres que impartiremos la psicóloga Mónica Serrano y yo durante el mes de marzo.

 

Foto | Silviadinatale

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