Gracias

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Escribí esto a Ana hace casi doce años, más o menos cuando cumplió cinco o seis meses. Los seis meses de mi vida más importantes, probablemente. No es Benedetti, ni Lorca, ni siquiera Neruda. Pero es mío.

Gracias.

Por dejar que acaricie tu piel suave, tu cabeza pelona, tu cuerpecito nuevo.
Por dejarme morder tus pies perfectos y todos sus deditos.
Por querer que te abrace y preferir siempre mis voz desafinada.
Por divertirte tanto bailando el vals conmigo.
Por dormirte en mis brazos, enganchada a mi teta.
Por morderme sin dientes en las mejillas.
Por llamarme con gritos y con pedorretas.
Por haberme elegido de chupete y de cuna.
Por echarte conmigo la siesta en el sofá.
Por venirte a mi cama cuando me quedo sola.
Por tu mano caliente si no puedo dormir.
Por sonreírme de lejos, por conocerme en el espejo.
Por dejar que me mire en tus ojos curiosos, de inocencia infinita.
Gracias por darme un nuevo día, por hacerme mejor, por salvarme de mí.
Por sujetarme al mundo.

Gracias.

Por el regalo de tu risa recién descubierta.

Felicidades, Ana. El parto es tuyo. La vida es tuya.

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