Las histéricas somos lo máximo

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“Uy, cómo te pones”, “estás loca”, “exagerada”, “no seas histérica”, “feminazi” y hasta “tú lo que necesitas es un buen polvo”…cada vez que abro la boca para denunciar algún tipo de sexismo, ya sea que no es normal que te corten los genitales durante el parto porque sí o que las mujeres sigamos cobrando un 30% menos por hacer el mismo trabajo que los hombres, o que ya está bien de camisetas que digan quiero ser señora de, o de que nos violen, o de que siga habiendo muertas por violencia machista, no es que suba el pan, es que me ponen, literalmente, “a parir”. Y valga la redundancia.

Lo asumo, lo acepto. Soy una histérica. Y además siempre estoy con la regla, que esa es otra. Y no sólo porque el machismo me pone frenética, sino porque además no tengo ningún apuro en demostrarlo. Siento, luego existo. Pienso, pues insisto. Y luego voy y lo digo. Porque yo lo valgo.

El sexismo es feo. El sexismo es sobre todo injusto. Y llamar a una mujer “histérica” por denunciar una injusticia, cualquier injusticia, por defender sus derechos y en muchas ocasiones sólo por considerarse un ser humano con capacidad para opinar de forma diferente vuelve a ser sexismo. De lo peorcito, además. Del que te da directo en la autoestima, en la percepción que tienes de ti misma. Me cabrea.

Nuestro mundo se ha construido de forma dicotómica. En él las emociones no están permitidas. Hay que negarlas, ocultarlas, reprimirlas. Y si hay mala suerte y se proyectan un poco en los demás y los fastidian pues no preocuparse mucho. Lo importante es no llorar. En este mundo polarizado y bipolar pensar está bien, porque es lo que hacen los hombres. Pero sentir es propio de seres inferiores, infantiles, que no saben controlarse, inmaduros. Femeninos. Mujeres.

La “histeria”…un palabro muy técnico que proviene del griego (idioma en el que significa lisa y llanamente “útero”) y que seguía usando nuestro amigo Segismundo (Freud) para decir finamente que las mujeres andamos un poco mal de la cabeza. Sobre todo cuando nos da por salirnos del tiesto. Por decir que nos gusta el sexo. O querer trabajar. O dar teta hasta que nos apetezca. O masturbarnos. O por llamar machirulo al que nos llama histéricas. ¡Ay, Segismundo, cuánta vanidad! La histeria en realidad, mola.

Aunque moleste. O sobre todo porque molesta. Porque denunciar las injusticias es imprescindible para construir un mundo más igualitario. Porque se crítico con el mundo que te rodea es fundamental para mejorarlo. Porque expresarlo en alto es, no sólo una necesidad, no sólo un derecho, sino una obligación. La histeria, como esa “enfermedad” de mujeres díscolas que quieren vivir como si fueran seres humanos, mola.

Y yo lo asumo, lo acepto. ¡Lo celebro! Soy una histérica. Y las histéricas somos lo máximo.

 

 

Publicado en Ni Putas, Ni Princesas

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