Nunca fui una princesa

 

 

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Me eduqué en un entorno de igualdad, en una familia en la que mi padre no tenía un “asiento reservado”, no se servía primero a los hombres y mi madre tenía el control del dinero y tomaba decisiones siempre que era necesario. Jamás me dijeron aquello de “ya verás cuando venga tu padre” o “calla, que papá está descansando”. En mi casa las mujeres y los hombres valían lo mismo, mi madre era mayor que mi padre, ganaba más y tuvo coche antes que él. Además se casó en minifalda. Me crié pensando que iría a la universidad, que conseguiría un trabajo y después, si yo quería me casaría o no, tendría hijos o no incluso estando sola y que no era un bicho raro porque se me daban bien las mates o por no ponerme tacones. Me eduqué pensando que hombres y mujeres tenemos los mismos derechos y también las mismas obligaciones. Y entonces, un día, salí al mundo real.

A los 18 años me matriculé en Ingeniería Industrial. 40 tíos y 6 chicas en mi clase, el ratio de profesor/profesora era aún peor. Ellos catedráticos, ellas becarias. Ellos viejos, ellas muy monas. Un día, al terminar las prácticas de química uno de mis compañeros de clase me dijo algo como “si me friegas los cacharros te hago las prácticas de física”. “Ésa es la diferencia entre tú y yo, que yo sé fregar los cacharros y hacer las prácticas y que lo de que tú sepas hacer las prácticas aún está por ver”. Y éste era de los majetes. Lo del ligoteo nunca se me dió bien. Dos años después me fui a biológicas. Muchas más alumnas que alumnos no mejoró demasiado la desigualdad de género entre el profesorado. Tampoco después, a la hora de conseguir trabajo.

Tras cinco años en un laboratorio de investigación en el que un jefe misógino se rodeaba de becarias pero sólo contrataba y promocionaba a los hombres la realidad me tiró literalmente del guindo. Cometí un pecado: me quedé embarazada. Nueve meses de infierno laboral después me encontré en un paritorio con las manos atadas mientras un ginecólogo me abría la tripa para poder irse pronto a casa mientras charlaba animadamente sobre mis calcetines, con una ¿enfermera? ¿matrona? que por supuesto seguía sus órdenes. Aprendí ahí lo que es la violencia obstétrica. Sin trabajo, sin tesis doctoral y sin paro me encontré en mi casa, sola con una bebé a la que intentaba dar el pecho. La maternidad invisible, invisibilizada, de crianzas en soledad y lactancias complicadas, sin apoyo y con grandes dosis de culpa. Económicamente dependiente y encima enganchada al placer que produce dar teta. Con lo bien que yo iba.

Nunca más, me dije. La información y ponerle nombre a las cosas hizo el resto. Y eso acabó con todo lo demás.

Tengo dos hijas. Y desde el primer momento he intentado criarlas en la seguridad de que no son menos válidas por ser mujeres, pero sobre todo en la idea de que merecen respeto. Todo el respeto. De que nacieron libres y no hay nada que no les corresponda. A lo largo de estos años he podido comprobar cómo la violencia se interioriza desde el nacimiento, se convierte en “lo normal” o en un “esto es asi y no se puede cambiar”. No es de extrañar que un 40% de las mujeres maltratadas no reconozcan los signos que indican que están siendo víctimas de abuso. No es de extrañar que cuando una mujer reclama se la llame histérica. No es raro que no se proteja la lactancia, que exista violencia obstétrica, que el mundo siga siendo sexista.

Soy una veterana en esto de la maternidad. Tengo dos hijas, la mayor de 10 años. Criarlas en libertad ha sido un ejercicio duro y a la vez liberador. Me queda trabajo. Mucho. Pero me podría haber ahorrado mucho más.

Por ellas, por nosotras, por todas:

Ni Putas Ni Princesas

Irene García Perulero

  3 comments for “Nunca fui una princesa

  1. noviembre 17 at 9:57 pm

    Ojalá entre tod@s hagamos un mundo mejor. Que desgarradas historias como la tuya sigan sirviendo como acicate a ser mejores personas, y a seguir siempre adelante. Ánimo, que eres un ejemplo de inspiración.

  2. Carmen
    noviembre 19 at 7:10 am

    Gracias Irene por tus palabras y por educar para un mundo mejor a tus hijas. Yo haré la parte que me corresponde, educando a mis dos hijos varones para que miren y traten a las mujeres como lo que son seres valiosos en su particularidad y para vivir en un mundo en el que realmente se viva en igualdad

  3. noviembre 23 at 9:56 pm

    Yo también me crié en una casa igualitaria: mi madre siempre ha trabajado fuera de casa y ha ganao un buen salario y mi padre compartía las tareas domésticas y de crianza. Al igual que tú, te encuentras con la realidad cuando sales al mundo y aunque no ha sido un golpe tan duro como el tuyo, es cierto que aún existe mucho sexismo. También al igual que tu quiero luchar para que mi hija crezca sabiendo que merece todo el respeto sea cual sea su sexo y, ya puestos, también su sexualidad y su opción de vida. Gracias por esta ayuda (entre todos haremos que mejore).

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