Menos mal que inventaron las lavadoras

mujeres trabajando

Hace mucho, mucho tiempo la diferencia entre espacios públicos y privados sería inexistente. La confinación de la mujer al interior de los hogares es, en realidad, un hecho muy reciente. Las mujeres (fuera de nuestra civilización burguesa occidental sigue siendo así) han trabajado siempre fuera del entorno doméstico: en el campo, en los talleres familiares, en la recolección y en la caza. Las mujeres trabajaron en las fábricas durante la revolución industrial y por supuesto ocuparon todos los puestos de los hombres durante las guerras mundiales. No es que las mujeres nunca hayamos trabajado, es que nunca hemos sido propietarias del fruto de nuestro trabajo.

Mis abuelas trabajaron en el servicio doméstico desde su más tierna infancia (siete años), cuidando niños, limpiando mierda ajena, si para merendar querían pan blando no había chocolate, si preferían chocolate el pan era duro. Todo muy liberador. La vida era dura. Con suerte, a partir de los años 40, un señor con un trabajo de oficinista te “retiraba” una vez que te casabas con él, pasando de ser explotada por el patrón y pobre como las ratas a no tener nada tuyo. Menos mal que por lo menos inventaron las lavadoras.

La reclusión de la mujer en el hogar no tiene nada que ver con la maternidad, tiene que ver con el orden económico. Tener hijos que criar no impidió a ninguna tribu de homínidos ancestrales salir de África y colonizar todo el mundo. Dos veces. Claro, que en el Paleolítico nadie se enajenaba del trabajo de nadie. No había cómo.

La reclusión de las mujeres en los espacios privados y su dedicación exclusiva a trabajos de cuidado sin remunerar, es característica de los años 40-50 hasta la gran expansión del neoliberalismo que empezó en los setenta y del que hoy estamos padeciendo los estragos. La tan cacareada liberación de la mujer de los setenta no hizo sino lanzarnos a un mercado laboral despiadado donde todo el mundo es explotado y la desigualdad cada vez es más dramática. Con los trabajos más precarios, cobrando un 30% menos, sufriendo acoso laboral y todo tipo de discriminaciones por el hecho de ser madres, la liberación de la mujer es un timo. Y sería un timo aunque los señores colaborasen muchísimo en las tareas domésticas.

Tener que trabajar de forma precaria para poder subsistir no es ninguna liberación. Dejando a un lado que los espacios públicos no sólo son de los hombres y las mujeres, sino también de los niños, hemos construido un mundo de dementes en el que si sales a la calle a limpiar en negro la mierda de otros estás muy liberada pero si te quedas en casa a limpiar la mierda de los tuyos estás abducida por el patriarcado. Y encima no te queda pensión.

En estas condiciones si la guardería, ilegal, te cuesta más que lo que estás ganando, mejor te quedas en casa, pero la solución no es hacer más guarderías, sino cambiar lo de fuera. Porque ninguna guardería cambiará el hecho de que tu trabajo sea precario.

La realidad es que las mujeres YA estamos institucionalizadas en casa, que no salimos a ganar dinero en las mismas condiciones. Y la realidad es que durante la crianza, y en vista de que los niños no tienen cabida en esta sociedad, muchas mujeres quieren además quedarse con sus hijos. Remunerar los trabajos de cuidado es la única solución para las que no pueden salir de casa y un buen arreglo para las que quieren estar un tiempo. Y para que las que salgan no lo hagan en condiciones horribles de precariedad. Soltarnos en el mercado laboral capitalista sin ningún tipo de protección y pensar que eso nos haría más libres ha sido el mayor error en la historia del feminismo.

Recuperar los espacios públicos no puede ser sinónimo de conquistarlos a base de mártires. Los espacios públicos son nuestros, pero no para ser explotadas, para tener que renunciar a criar a nuestros hijos, o para tener que comportarnos como si fuéramos hombres. Son nuestros por derecho, para que los ocupemos libremente, y para eso la sociedad tiene que protegernos del abuso que en estos espacios públicos se hace aún de nosotras. Y la mejor solución es proteger nuestro trabajo “privado”. O mejor dicho, en realidad es la única.

Foto | dizid

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