Vencer, convencer, agrupar

Yo te doy la razýn. Pero para que te la lleves.

 

Hace mucho, mucho tiempo, en un foro de internet muy muy lejano…

Yo he sido una discutidora recalcitrante, de las que no se callan ni debajo del agua. Reconozco que debatir me gustaba, me producía placer, me subía el ego. O algo. O yo qué sé. No importa. A la vez me consumía energía, me cabreaba y me dejaba hecha polvo, sobre todo si el “oponente” era medio listo o medio “allegao”…

En esta vida todo es cuestión de compensación. Si hacer algo te compensa, adelante. Si hacerlo te fastidia, procura compensarlo después con otra cosa. Es en principio así de simple y sólo hacen falta cantidades ingentes de chocolate.

Reconozco también que en muchas ocasiones he discutido para defenderme, de tergiversaciones, de malos entendidos…en estos casos o después te zampas dos litros de helado o compensar lo que se dice compensar no compensa. A pesar de todo yo solía entrar al trapo. Y nunca sirve de nada.

Uno de los defectos más aburridos del ser humano es esa necesidad que tenemos de llevar siempre razón. “Tengo razón, queredme” es el eje central de una gran mayoría de los debates y de las discusiones humanas, sobre todo en internet. 

Ya sea porque quieren vencer o porque quieren convencer los seres humanos discuten. Discuten sin parar. Y cuando no encuentran interlocutor se lo inventan. Las redes sociales han dado pie a un ilimitado número de “pseudomenciones” malintencionadas, taimadas e insidiosas, o peor, mensajes directos contra alguien que ese alguien probablemente jamás leerá. Ya lo dice el dicho: en tuiter pones un mensaje para alguien, lo leen 2000, 500 se dan por aludidos y el destinatario mientras tanto anda ligando por privado. Es lo que hay.

Discutir no es lo mismo que debatir. Es fácil saber cuando un debate va a llegar a un punto de entendimiento y cuando no va a ser más que una discusión estéril. Hace mucho tiempo en un foro de internet muy lejano aprendí lo que son las falacias lógicas. Y empecé a dejar de querer discutir. Y también a dejar de necesitarlo. Me ha costado años, pero lo estoy logrando. Discutir con alguien que te tergiversa o te descontextualiza es absurdo. Y no merece la pena. Por el simple hecho de que no vas a convencerlo. Y de que vencerlo es una victoria efímera, no da el sueldo para tanto cacao.

Reconozco que a veces sigo entrando en grescas, sobre todo cuando me aburro. Soltar un sarcasmo al primer hombre de paja es más que nada un ejercicio de autobombo que sirve para alimentar ligeramente el ego. “Soy lista, queredme”. A veces lo hago – nunca quise ser perfecta – principalmente en grupos de señores que son feministas convencidos desde hace tres años y que vienen a decirme lo que yo como feminista tengo que pensar. Hay bastantes y son divertidos.

Pero hace tiempo que descubrí que frente a la opción “vencer-convencer” es mucho mejor la tercera en discordia: yo doy mi opinión y el que quiera que me siga, igual que yo sigo a quien quiero. Y el que no, no me hace falta. Si todos opináramos igual sería aburrido, pero en ocasiones es imposible tratar con quien está a años luz de tu forma de ver el mundo. Hay veces en las que el otro te pide tan insistentemente que le des la razón que no te queda más remedio que dársela, pero para que se la lleve, cuanto más lejos mejor. Aunque sólo sea porque quien siempre quiere tener razón, aburre.

El resto de tiempo entre vencer o convencer yo ya me quedo con el verbo agrupar.

A veces debato. Y no discuto casi.

Será la edad.

Desde que no discuto estoy más joven.

 

 

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  1 comment for “Vencer, convencer, agrupar

  1. marzo 7 at 8:05 am

    ¡Cómo me identifico con esto, Irene!

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