Educar en Igualdad desde la primera infancia

Los datos son alarmantes. Según las encuestas el 80% de nuestros adolescentes ha sufrido o ha sido testigo de algún caso de violencia de género en su entorno. Controlar el whatsapp y las redes sociales, restringir las amistades, imponer normas sobre el vestuario o el maquillaje o incluso pegar a la pareja o coaccionarla en la cama son comportamientos no ajenos en nuestra juventud, algunos de ellos incluso frecuentes. La violencia de género es una lacra que deja como punta del iceberg más de 50 muertas anuales en nuestro país y los adolescentes no están libres de ella, las estadísticas cantan. Y cantan fatal. Las campañas de prevención y la concienciación social no acaban con el problema y los jóvenes inician relaciones más que tóxicas, violentas, constantemente. ¿Por qué?

 

El ser humano, como otros primates, es un animal social con una enorme capacidad de aprender. Socialización y aprendizaje van parejos y los niños aprenden a comportarse en sociedad repitiendo comportamientos que copian de su entorno. Así, en un entorno que premia la resolución de conflictos por medio de la violencia, los niños aprenderán a ser violentos, mientras que aprenderán a comunicarse de forma asertiva si en su entorno los conflictos se resuelven de forma pacífica. Pero aún hay más.

Además de ser primates sociales los seres humanos somos la especie con mayor conciencia de individualidad que existe, o al menos eso creen los zoólogos. A pesar de que nuestros primos, bonobos, chimpancés o gorilas y otros grandes mamíferos como los elefantes o incluso los delfines tienen cierta autoconsciencia, H. sapiens es la especie con más capacidad de mirarse al ombligo. Y distinguirse de los demás. “Este soy yo y estos son los otros” es la forma habitual en el que la humanidad construye su identidad, no sólo individual, sino también de grupo.  Somos en función de lo que nuestros padres nos dijeron que éramos. Nuestros padres, nuestros maestros, nuestros hermanos, amigos, compañeros y todo lo que nos rodeaba. Todos nuestros comportamientos son aprendidos.

Es un hecho también que el género, la forma en que nos comportamos o la forma en que la sociedad espera que nos comportemos según nuestro sexo de nacimiento, es una construcción cultural. Los niños no lloran y las niñas se ponen muy feas cuando se enfadan. Los niños no se pintan las uñas. Las niñas se sientan con las piernas juntas. Los niños son más brutos, pero más nobles. Las niñas son más obedientes, los niños más movidos. Ellas rosa, ellos azul. La biología y la neurociencia nos dicen que, maternidades aparte, nuestros cerebros son iguales, no existe ninguna diferencia estructural entre el neocortex de un hombre y el de una mujer, las mujeres también pueden ser buenas en matemáticas y los hombres pueden ser empáticos. Ellas pueden inventar, ellos también pueden cuidar. Las diferencias no son innatas (o éstas son mínimas) y no vienen determinadas por nuestros cromosomas sino que se aprenden, se aprenden a lo largo de toda nuestra vida, pero empiezan a aprenderse desde el mismo momento en que conocemos el sexo del bebé.

Algunos experimentos demuestran de forma empírica que no tratamos igual a los niños que a las niñas desde que son muy pequeños. El más típico es el de vestir a un bebé de cualquiera de los dos sexos de azul o de rosa y dejar que desconocidos interactúen con él o ella infiriendo su sexo sólo por el color de la ropa. Hablamos a las niñas con más ternura, cogemos a los niños en posiciones más verticales, los niños reciben menos palabras y las niñas menos movimiento. Ellas son princesas. Ellos, machotes. La observación cotidiana nos viene a confirmar lo que se puede probar en un laboratorio, se establece en la primera infancia y se prolonga durante toda nuestra vida. Las niñas son bonitas y los niños, valientes. Se premia a las mujeres por su aspecto físico y a los hombres por su actitud. Las niñas son mandonas, los niños son líderes. Las mujeres que no se maquillan son descuidadas, los hombres que se preocupan por su aspecto físico, afeminados.  Las niñas son dulces. Los niños han de ser héroes. A ellas las protegemos. A ellos los animamos.

La realidad en que vivimos exige que mujeres y hombres nos comportemos de determinada forma según nuestro sexo. Las diferencias en la construcción de la identidad sexual son evidentes y conducen en muchas ocasiones al establecimiento posterior de relaciones de pareja basadas en dinámicas de poder, en las que el hombre por ser hombre ha de comportarse de forma dominante, mientras que la mujer ha de ser sumisa, por ser mujer. El sistema social en el que vivimos transmite una serie de valores sobre y hacia la mujer que dificultan la construcción de una identidad femenina empoderada, asertiva, independiente y libre. El orden social, a través de factores como la hipersexualización de las mujeres, el canon de belleza femenino o la invisibilización de las actividades realizadas por mujeres contribuyen a la frustración, a una autoestima pobre y a la sumisión. Por el contrario, los estereotipos de género exigidos a los hombres impiden la expresión de emociones como la tristeza o el miedo y la construcción de identidades empáticas y no competitivas, generando a su vez frustración, agresividad y estrés. Algunos de estos estereotipos son la creencia de que el deseo sexual de los hombres es mayor, que la capacidad de cuidar a otros es exclusiva de las mujeres, que los hombres no pueden mostrar vulnerabilidad o que las mujeres son más emocionales y los hombres más racionales.

Todo esto aderezado con los mitos del amor romántico, la normalización o idealización de comportamientos violentos, la mala educación sexual y el bombardeo de medios de comunicación, películas, anuncios, revistas de moda, series de televisión, literatura, música, pornografía, etc. provocan que nuestros adolescentes lleguen a la etapa en que la construcción de vínculos adquiere carácter marcadamente sexual con una carga de valores y clichés tan interiorizados, tan sentidos como propios, que las campañas de prevención chocan contra la pared de la propia identidad. ¿Cómo voy a ser una mujer maltratada porque mi novio me controle si los celos son una muestra de amor? ¿Cómo voy a ser un maltratador por no dejar que hable con chicos si ellos sólo piensan en una cosa?

La realidad es que la educación en igualdad empieza desde el primer día. Después es tarde.

 

Algunos consejos para educar niños y niñas libres.

  • Ponte las gafas violetas. Crecer libre de estereotipos es difícil, pero es mucho más difícil desprenderse de ellos cuando ya forman parte de tu identidad.
  • Comprender el mundo en el que vivimos y las herramientas que la cultura utiliza para afianzar la desigualdad de género es imprescindible para criar a nuestros hijos, si no libres de estereotipos, al menos conscientes de cómo funciona la realidad
  • Permite que se expresen libremente y que elijan. Expresar nuestras preferencias, frustraciones, enfados, miedos, deseos y sobre todo, expresar nuestras necesidades y aprender a pedir cosas, principalmente cuando entran en conflicto con las necesidades de los demás, es esencial para ser libre y vivir feliz. El ser humano es interdependiente: la independencia depende en gran medida de nuestra habilidad para solicitar ayuda cuando la necesitamos y no estar esperando a que nos la presten. No saber pedir ayuda te convierte en dependiente de la voluntad de otro.

Permitir que nuestras hijas expresen sus necesidades les ayuda a convertirse en mujeres asertivas y autónomas, aunque a veces no podamos complacerlas.

  • Fomenta en ambos la toma de decisiones. La capacidad de tomar decisiones conscientes es lo que diferencia a los seres humanos del resto de seres vivos que pueblan el planeta. Pero esta capacidad no es innata, sino que se aprende, principalmente durante la infancia. Permitir que nuestros hijos se escuchen a sí mismos y sobreponernos a nuestro afán de protegerlos y decidir por ellos no es fácil, pero permitir la toma de decisiones desde que son pequeños es imprescindible para que se conviertan en adultos asertivos y conectados con sus propias necesidades.

La clave es confiar.

Permite a las niñas decidir sobre su propio cuerpo, cómo se visten o si quieren expresar afecto o no hacerlo.

  • Permite que tus hijas digan “no” y que tus hijos expresen miedo, dolor o tristeza
  • No eduques a tus hijas para complacer a otros
  • Anima a tus hijas a experimentar y moverse. Déjalas trepar. Elogia su valentía y su inteligencia.
  • Fomenta los comportamientos empáticos en tus hijos. Premia la cooperación por encima de la competitividad
  • Intenta evitar hacer críticas sobre tu cuerpo o sobre el de otras mujeres, enseñarles que las personas valen por cómo se comportan, no por cómo se visten o por lo que tienen
  • Educa a ambos en la responsabilidad en cuanto al sexo. No cargues toda la responsabilidad de la anticoncepción en las niñas. El sexo es placer, aunque haya que ir con cuidado. No confundas sexo con amor, no son lo mismo y a veces no vienen juntos.
  • Ponle nombre a las cosas. No invisibilices procesos femeninos como la menstruación. Educa también a tus hijos varones para que comprendan que tener la regla es el funcionamiento normal de un cuerpo sano.
  • Fomenta el pensamiento crítico. Comenta con ellos qué les parece que en las películas casi no haya personajes femeninos o que el patio del colegio esté ocupado en su mayor parte por niños jugando al fútbol.
  • Déjalos elegir. Quieren tus hijos apuntarse a ballet? ¿Quieren tus hijas aprender karate? Adelante
  • Aprende técnicas de comunicación no violenta. Observa el mundo. Coméntalo con ellos.
  • Habla con ellos. Mucho. Todo el rato. De violencia, de porno, de sexo, de emociones…La base de toda prevención es la comunicación.

 

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